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El 8 de agosto de 1977 fue el primer día de trabajo de Gustavo Hernández Ospina como docente del CCB. Aún estaba estudiando educación física en la Universidad de Antioquia cuando le dijeron que conformaría el equipo de maestros.  “Recuerdo que el Colegio era pequeño. Yo trabajaba con los estudiantes de primero hasta once, tengo la idea de que eran como 500 alumnos. Yo le daba clases a los hombres y la profesora Maria Elena Posada le daba a las mujeres”.

Lo que más recuerda es la familiaridad que se vivía en el Colegio. Tanto las familias, los docentes como los estudiantes se reconocían entre sí, lo que creaba un ambiente más cercano y familiar. También dice que había unión entre los profesores, porque todas las secciones estaban en un mismo lugar.  A quien más recuerda es a Mr. David, quien para esa época era el coordinador de inglés y uno de sus grandes amigos.

En las tardes de los viernes se quedaba en el Colegio junto con otros profesores para jugar fútbol en la cancha de arena. En la década del 70, la vida educativa se desarrollaba en la Casa Pontevedra, “era como de un estilo colonial, muy bella. Tenía una capilla, también estaba la casita de muñecas y el preescolar quedaba como en un pentágono. Tenía mucho aire”, así la describe Gustavo.

Como no habían vías concurridas, muchas de las clases de educación física las hacía por fuera. Salían a correr desde el Colegio hasta la Avenida las Vegas, pasando por Villagrande. Los de bachillerato iban hasta El Poblado y se regresaban trotando. “Era un lugar muy tranquilo, alrededor habían casas o fincas, entonces no había problemas por salir”, dice el profesor.

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También recuerda, y hasta se ríe cuando narra la historia, las gestiones que tenía que hacer para reclamar los balones perdidos del Colegio. Al lado de la cancha quedaba la casa de los italianos de apellido Carolli. La mayoría de los balones resultaban en su techo o en su patio, por lo que Gustavo tenía que ir hasta la inspección de policía para reclamarlos porque la señora Carolli los llevaba hasta allá, muchos ya pinchados y mordidos por sus perros Dóberman.  A la casa de doña  Olga también se iban los balones. Ella siempre dejaba reclamarlos, eso sí, si le pagaban las tejas rotas.

También conserva los recuerdos de la cafetería de Berta Zapata, quien dice que era como la mamá de todos. Estaba ubicada donde ahora está la fotocopiadora, y tenía una piecita al lado donde Berta vivía con su hija, quien se graduó del Colegio. Sus tortas caseras tenían fama. Gustavo dice que Berta era algo cascarrabias y que aun así era la adoración de los alumnos.

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Gustavo lo que más valora de sus primeros años en el Colegio, fue haberlos vivido en medio de esa familiaridad. Ya han pasado cuarenta años de ese primer día de trabajo, y el CCB se ha convertido en su casa y el único lugar donde se ha formado como ser y profesional. “Para mí mis alumnos son mis hijos, tengo muchos nietos ya. Alumnos a los que les di clase ya tienen hijos y hasta nietos. He visto pasar mucha gente querida como el profesor Álvaro Wolf, quien fue uno de mis grandes compañeros. Aquí he trabajado tranquilo, me he sentido muy apoyado, por ejemplo, el Departamento de Educación Física se ha fortalecido, y eso es muy gratificante”.

Ahora, a dos años de jubilarse, ve cómo el deporte, para la gran mayoría de sus estudiantes, se convierte en un elemento importante de sus vidas. Y para él es un logro muy grande, pues ve cómo la tecnología ha cambiado algunas de las tradiciones deportivas en el Colegio. “Igual, lo que me da tranquilidad es que a lo largo del año en el Colegio se disfrutan mucho los Interclases, que es la vida de los muchachos. Eso aquí es un carnaval”, dice Gustavo.