Nombre: Camilo Arango Vélez

Edad: 28 años

Pregrado: Música, Universidad EAFIT.

Año de graduación CCB: 2008


Imagen tomada del periódico El Colombiano

El talento de Camilo ha llegado a París, la hermosa capital francesa llena de luces con sus bulevares y sus cafés. Ninguna ciudad en el mundo se le compara, es la meca donde nacen, crecen y se transforman los procesos y movimientos culturales que puedan tener significado alguno. Al fijar el lente hacia la literatura y la buena música, en París ocurre todo.

Pero su viaje inició en Medellín, hace muchos años, pues necesitaba más que un tiquete de avión. Camilo trazó su encuentro con la música y las letras desde joven. Las primeras millas de viajero hacia la creación de algo especial. Juguetear con instrumentos, curiosear notas, descubrir secretos en pentagramas y encontrarse con el arte.

Su mundo se expandió, esa atracción inicial de experimentar con la música, propia de la juventud – como señala-, abrió en su interior puertas y ventanas con vista a la belleza, en su forma más natural, la maravilla de la expresión humana cuando se comunica con arte.

Por su naturaleza inconforme, tal vez, no fue raro que combinara pasiones cuando decidió escoger su formación universitaria: Música en EAFIT y Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia. Más tarde, una maestría: Hermenéutica Literaria en EAFIT. Aunque Camilo se describe a sí mismo como crítico del mundo, un inconforme, y tal aseveración puede sonar graciosa, la verdad es que se necesita una inteligencia crítica para pensar acerca de cómo encajan las partes de una melodía o una narración, traducir esa interpretación en algo único que se pueda comunicar y seducir así la imaginación de escuchas y lectores.

Como director musical, con los movimientos de sus manos en el aire, dibujaba el ritmo, establecía el flujo, ondeando su batuta se anticipaba a la música, debía compartir con quien le escuchara aquello que resonaba en su cabeza. Qué importante fue, entonces, la comunicación, pues debía buscar el ritmo perfecto para relacionarse con sus músicos antes que sonara cada nota.

No en vano, su mensaje a quienes aún se encuentran en el CCB, está muy ligado a la comunicación. Para ello, de entrada, podría citarse al filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, quien alguna vez anotó: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”.

“Cuiden sus palabras”- afirma Camilo. No es una advertencia, se trata de visibilizar el poder del lenguaje. La mejor forma de comunicarse es a través de la palabra. El mundo habla, las relaciones nacen, el pensamiento se forja con lo que se dice. En una fila, una cena con amigos, la reunión familiar, los encuentros formales, etc., el poder de la palabra no debe subestimarse.

Comprender, pensar, qué es lo más conveniente, buscar claridad, su consejo reposa en la necesidad de tener conciencia sobre la importancia de las palabras en nuestra vida.

El CCB viaja con él, es parte de su bagaje. Los recuerdos aún viven, claro que sí. Allí se encontró con maestros que le inspiraron y motivaron a descubrir panoramas más amplios, a entrever que hay algo más allá afuera. La posibilidad de exponerse a un segundo idioma fue clave. Aprender idiomas –anota Camilo- abre el cerebro y despierta sensibilidad hacia las letras.

Hoy, en París, a puertas de iniciar su doctorado en literatura en la Universidad Sorbona Nueva, Camilo camina hacia más sueños, nuevas experiencias y futuros logros. Su próxima cita será con la poesía, otra pasión, una que corresponde a su mundo de música y letras, ya que, según dicen, la buena poesía, con sus letras, encierra música.